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Devocional Nuevo

Gálatas 5:16 Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.

Por muchos años como iglesia hemos escuchado que no debemos satisfacer los deseos de la carne y este ha sido uno de los retos más difíciles de cumplir porque hemos hecho el esfuerzo en el área equivocada, nos hemos esforzado por no satisfacer los deseos de la carne, en lugar de andar en el Espíritu.

Vamos a poner un ejemplo: Usted sabe que es una persona que se enoja con mucha facilidad, como hijo de Dios usted se levanta en la mañana y después de orar dice “No puedo enojarme, debo ser una persona paciente, debo controlar mi ira.

Usted hace su mejor esfuerzo y tal vez lo logre por unas horas, unos días, a lo sumo una semana, pero al final volverá a enojarse y esta vez más fuerte porque sacará todo el enojo que guardó por todo el tiempo que no se enojó. Por qué sucede esto: porque usted trato de ir contra ley que está en su carne, la ley del pecado y de la muerte es su propio esfuerzo, no a través de la ley que mora en su espíritu, la ley del espíritu de vida en Cristo Jesús.

Es como tratar de ir en contra de la ley de gravedad. Usted tiene en su mano un objeto muy valioso, sabe que si lo suelta por la ley de gravedad va a caer al piso, usted puede ir en contra de la ley y sostener el objeto para que no se caiga con sus propias manos, pero al final no aguantará, se cansará, tendrá que soltarlo, por más que trate, usted no está creado para llevar ese objeto en sus manos toda la vida. Ahora imagínese que aparece una mesa en la escena. La mesa representa otra ley, la ley de un apoyo sólido, la cual está en contra de la ley de la gravedad. Usted puede poner el objeto valioso sobre la mesa sin que se caiga, puesto que la ley de un soporte sólido vence la ley de la gravedad. De la misma manera que la ley del Espíritu de vida en Cristo ha vencido la ley del pecado y de la muerte.

Ahora permítame preguntarle ¿qué representaría la mesa? A Cristo, la Roca. ¿Dónde está El? Él está en nuestro espíritu. Por lo tanto, podemos enfocarnos en nuestro espíritu y dejar el objeto valioso sobre la mesa, en lugar de concentrarnos en nuestro propio esfuerzo y mantenerlo en nuestras manos.  

Olvídese de su esfuerzo, dentro de nosotros habita Cristo, simplemente debemos poner nuestra atención en Él y al hacerlo el poder que está en Él nos permitirá vencer toda obra de nuestra carne.

Te invitamos a tomar un tiempo junto a tu familia y permitirle al Señor tratar esta área de sus vidas haciendo lo siguiente:

1.- Como familias preséntese delante de la presencia del Padre y pidan al Espíritu Santo les revele las obras de la carne que aún son presentes en su vida.  ¿Con qué áreas de su carne está luchado en este momento?

2.-  ¿Permita que cada miembro de la familia comparta lo que Espíritu le reveló?

Qué áreas de su carne, de su viejo hombre se levantan dando un mal testimonio del Cristo que vive en usted. Se ha propuesto hacer todo de su parte para cambiar su comportamiento?

 ¿Se ha esforzado por hacer morir esa obra de su carne?

 ¿Cuál ha sido el resultado de su esfuerzo?

 3.- Terminen este tiempo haciendo la siguiente oración en familia:

«Padre en el nombre de Jesús te damos gracias porque la ley del Espíritu de vida en Cristo nos ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. Gracias porque el poder del Cristo resucitado que vive en nosotros nos da la capacidad de caminar agradándote en todo.

Gracias Padre porque nos has revelado que nuestro esfuerzo no debe estar enfocado en el no satisfacer las obras de nuestra carne, pues es imposible hacerlo en nuestra propia fuerza, gracias porque al ser revestidos con la fuerza de tu poder podemos poner nuestros ojos en la realidad del Cristo que habita en nosotros, solo así podremos caminar en el espíritu y hacer morir nuestro viejo yo con todas sus obras.

Padre oramos pidiéndote que abras nuestros ojos para ver la realidad de Cristo morando en nosotros, que al meditar en Él, que al poner nuestra mente en Él podamos experimentar la realidad de andar en el espíritu y no satisfacer los deseos de nuestra carne.

En el nombre de Jesús Amén»